VISITANDO MI INTERIOR
Los setenta, cumplidos y, el feliz
comienzo de los 71, han permitido, aunque no con madurez suficiente, visitar mi
mundo interior: es decir visitarme, no les extrañe todos los hacen, aunque se
requiere alto costó de planificación y voluntad; ahora sé cuán difícil es mirar
y conocerse, tocar la puerta, la propia; Permitirse entrar, dentro de sí, conlleva
retrocesos y reinicios hasta lograr la preparación suficiente: no tanto para
asirse a la puerta, si para abrirla. Me enteré, sin proponérmelo, que no soy tan
osado.
PRIMER CÍRCULO
En la obscuridad de mi subconsciente, cual
noche profunda, ninguna estrella, en el que, el no hágase la luz reina inexpugnablemente,
encontré personajes que a todos negaré, más aún a mis cercanos. Sólo mi otro
consciente: el onírico, se ha atrevido compartirme recodos en el que el llanto, la desilusión, la nostalgia es posible junto
al crujir de dientes. Llagas pululadas de extraños insectos y sabandijas hacen
vida en mí en mis otros yo infectados que paulatinamente voy conociendo en la
misma medida que me adentro: sueños de traumas destrozan unos u otros, me niego
reconocerme en ellos.
Una voluntad acérrima que me sorprende
sobremanera, logra desvelar los abismos
cuyas simas circulares se subdividen en aposentos, hábitats de retorcidos
personajes creados por mí y para mí, cuyos rostros y acción me son conocidos. Quise
visitar diversos yo sombras, hablar con ellos, saber cómo fueron creados, cómo
ayudarlos, como ayudarme, estar allí en vigilia y compartir conmigo y con ellos
esa realidad que tanto me atemoriza y oculto.
En la lóbrega morada, mi segundo círculo
interior, descubrí abismos, otras profundidades cuyas simas en círculos
dantescos es imposible serpentear; En saltos de fe, mi cuerpo, consciencia y
subconsciencia, impulsados por mis diversas personalidades, tomaron lucidez de
lo que allí habita; sentí vergüenza, no regresaré, no me mostraré de nuevo.
Decidí quedarme en esa obscuridad, descubrir de mí en mis proyecciones todo
cuanto fuese posible.
En cada uno de los círculos a los que he
llegado por caer en tantos abismos están conformados por variados aposentos que
visitaré, en eso soy de decisión firme, en la medida que el pánico lo permita.
Les contaré los pormenores de las visitas si tienen a bien de seguir acá. Entrar a esas múltiples habitaciones internas
no fue para nada sencillo. Recibos personalizados, marcados por agresivas aspiraciones
no logradas, han dejado huellas que reconozco como las mías, cargadas de olor
insoportable a pesadumbre. Me impuse esa tarea de resiliencia compleja; creo
que para nadie es de otro modo. Sin embargo me atreví, me visité, deseo saber
de mí, entender y superar.
APOSENTO DE LAS ASPIRACIONES, SEGUNDO
CÍRUCULO:
En una de las estancias, cual espejo, un
personaje conocido, tejía, desde su interior, una red asimétrica de complejidades
vividas; la desataba y reconstruía, incapaz de desechar ningún nodo. Entendí
que el deshacer simbolizaba un recuerdo no comprendido, no resuelto. Quise
ayudarme, sin embargo continuó sin enterarse de mi presencia racional y
construyó un nodo con traumas desveladores: Anhelos de jugadas de billar,
prácticas de canto, búsqueda de intelectualidad, conversaciones amenas, grados
académicos, calor de familia, manejo kinésico del cuerpo, aceptación femenina,
elocuencia, escritura artística debeladora, desmemoria, idiomas, integración
familiar y otros tantos que quiero dejar ocultos. Trece elementos con sus
interconexiones que a su vez se ramifican.
TERCER CÍRUCULO
Abandoné la primera estancia a través de
una caída abismal, cada vez más obscura, asirme fue imposible, la drástica
caída me despertó y sucumbí hacía otro sueño de mayor profundidad. El temor adquirió
poder, ¿Cómo regresar a la vigilia, cuál ruta?, En ella fui aculeado, cual
tarántula, por una avispa desesperada por anidar, soy matriz, horno vivo para crías
que, nacidas, seré su alimento. Aprendizajes
no resueltos, intentos fallidos, vanidades simuladas en deseos de crecimiento,
egolatría, nobleza disfrazada, competición negada, son unos de los tantas crías
de insertadas y, otras de mi propia creación. Cuántos anhelos reprimidos
habitan el cuerpo adormecido de muerte para alimentar sin cesar su perdición,
su red.
Alimenté las crías, Con lo que quedó de mí,
asumí el rol de aventajado cantante y otros conferencistas. En el estrado, olvidé
a los otros, otros participantes que mendigaban una oportunidad, el verdadero
yo tenía el poder, aunque no era tan bueno lo que ofrecía sirvió para
comprender aquellos que, al tener el control, no permiten que otros luzcan sus
esfuerzos de canto y elocuencia.
En otro aposento al que fui conducido, no
sé por quién ni cómo; encontré a mi yo aspirante a intelectual; personajes de
mi fantasía cohabitaban el obscuro recinto: “El rey libro, la reina escritura,
la princesa lectura y el ogro come letras” relataban sus aventuras con los
párvulos, cuál dibujos animados, mi aureola de divina envidia se fortalecía
inconmensurablemente, desee ser el escritor de esa maravillosa fábula; Dorian
Grey protegía su retrato cubierto de lienzos negros y cintas adhesivas; Un
poliglota, más allá, aderezaba relatos con su interlocutores. En mi enredado y
compulso interior identifiqué, desde Victor Hugo, varios de mis conflictos:
Fantine, los Thenardier, al Abad, el encarcelamiento de Jean Valjean por una
lonja de pan, incluso a Javert, que prefirió el suicidio por ahogamiento a
continuar la farsa que siempre creyó correcta. Por momentos no logré visualizar
porqué el Principito estaba allí con su
rosa vanidosa, su elefante y sus ovejas en la caja de huecos laterales. A
fuerza de tropezones vislumbré que estaba en el laberinto de mis sueños
frustrados.
Accedí a otro de mis aposentos, no sé por
cuantos precipicios he caído y cuantos recintos he visitado, sin embargo, en
este, por lo concurrido, tuve la impresión de no pertenencia; lo que allí se
realizaba no ha sido nunca parte de mi agenda. Personas, con una marca en sus brazos, hacían largas
filas: uno detrás de otros, para hacer la compra de un producto en caso de
salir ganador de la rifa: Mecanismo de control inventado por seres del
inframundo. Lo extraño es que paralelamente en otras filas, esta vez para votar
por algún líder político; los adormecidos, cual síndrome de Estocolmo, como
autómatas elegían precisamente a Balbino Paiba, el ladrón quien los condujo a
esta barbarie social. Cuanta falta hace Mr. Danger, Doña Bárbara, León
Mondragón o al menos el Sapo, de Rómulo Gallegos, para que den cuenta de los
adormecidos.
Cuando hube salir, al verme verter
lágrimas de desesperación, el Virgilio de Dante me explicó la razón de mi
visita al recinto. Sólo como proyecto social mi desorganizado interior quiso enterarme que el inframundo del subconsciente
está presente en variados eventos de la personalidad, sobre todo en aquellos
que se afilan para ser parte de la pobreza de otros países y, desde allí,
apoyar la desintegración institucional de su patria.
De tanto recorrer aposentos y caer en
abismos, desee, lo creía justo así, visitar algún ambiente en el que mis
fortalezas se mostrara, sin embargo caí en abismal recinto, en el que todos
eran músicos. Me vi cantando, ¡si soy yo!, dije a mis adentros, entendí por qué
los administradores de eventos regulan mi participación y soy, casi siempre, de
los últimos en cantar, una dama me acompaña de penúltima. Admiré al cantante
que imitaba mi voz y mis movimientos, él no se dejaba apagar y continuaba
intentándolo. Uno de los concurrentes, de los grandes músicos, me llamó para
decirme: “ya has cantado bastante para tu disfrutar, para autoescucharte, deberías
ahora hacerlo para que todos disfrutemos” las tomé como sabias palabras. A este
recinto que me llevó mi maestro interno, así lo entiendo, tuvo como finalidad
mostrar que hay cantantes de todos los niveles y los que deseen ser escuchados
deben, a motu proprio, construir su público.
Fui llevado, a otro predio, al lado del
recinto de los músicos: otro hábitat del mismo círculo de la espiral invertida
de Dante Alighiere. Etenos retornos para ascender en conocimiento, filtrando en
cada estancia las impurezas del transitar anterior. En esta sala lo importante
no es la impostación, ni falsete, lo melódico o lo armónico, sin embargo, si es
lo kinésico, lo rítmico al danzar. Quien me representa, en verdad es mi yo
negado, suele invitar a bailar alguna de las damas: una acepta; sin embargo,
con elegancia, no lo acompaña a la segunda verónica; compungido se sienta
solitario en el rincón más oculto de la sala: espera segunda oportunidad, lo
observo.
No sé cómo, el subconsciente es así,
aparecí en un alejoroso ambiente de tertulia. Todos cantan y se escuchan, todos
bailan y se apoyan, todos están felices. Algo positivo en mí fue notado, con
esfuerzo, a cuenta gotas, mi presencia se hizo notable, las damas y un caballero
de agradable canto bailable, asumieron el reto de enseñarme: bailar y cantar, el
empirismo, cual taller, se hizo presente. Soy discente, tengo facilitadores.
En el mismo ambiente donde lo kinésico es
importante hay improvisados cantos, multiversiones de mi compiten por
participar, me he dado cuenta, gracias
al análisis de esta feseta, que otros yo cohabitan el desorden, los mondragones
de Rómulo Gallegos mudan los mojones para deshabilitar la frontera de lo bien
ensayado y lo que se es
Círculos de las imparejas, Aposento de los
matrimonios: mujeres y hombres con actitudes contemplativas, danzaban en
trances lentos alrededor de una fogata incandescente observando a una gran sala
en la que sus infieles intercambian fluidos de vida, almas adormecidas por las
circunstancias de las que no pueden salir, salvo acurra algún evento
catastrófico. Saben que están en este círculo catastrófico porque aún no han
tomado la decisión que les corresponde: Asumir las riendas de la libertad
emocional. Sus rostros plagados de
sentimientos lacrimosos lamentan la estadía y se fortalecen para un despertar
responsable.
A mi sobra, que miro desde un túnel de
tormentos, también está allí en el ritual del círculo, consumiéndose en
elucubraciones, enredos sinápticos incapaces para reclamar con firmeza a su
infiel que danza durmiente en la gran sala de los festejos
Aposento de las personas que dicen si a
todo
En las noches sueño con fantasmas Edgar B. Sánchez B.