COMUNIÓN
Las relaciones:
Estudiante-profesor; facilitador- discente; maestro-discípulo, abuelos-padres-hijos-nietos;
no son, en ningún caso, tareas sencillas. Son las bases que sostienen los
cambios permanentes en nuestra sociedad viva, no para cambiarla, si para
mejorar en lo posible el futuro desde la visión del presente y con bases
argumentativas conociendo el pasado.
Creo que
maestro-discípulo es más comprometida pues siempre es ilativa de la experiencia,
es inductiva; sin dejar de ser deductiva, tiene al ejemplo del maestro como
motor guía, como herramienta. Quien quiere ser maestro se impone así mismo y a sus
discípulos ser observador de principios morales y éticos. Entiendo moral, para
el presente ensayo, lo enseñado y exigido por los patrones sociales, en cambio
ético como lo asumido para consumo individual.
Ser profesional
de la educación no incluye, intrínsecamente, el derecho de ser llamado maestro.
Este adjetivo se gana con el diario
ejercer, con el continuo convivir, en asumir, si es necesario, patrones que su
entorno no usa ni entiende.
Las sociedades
como la nuestra, en las que se admira a los profesionales que usan la fuerza
para someter, el engaño y la
superstición para controlar e ideologizar y las que negocian el dolor o la emergencia, son las que requieren
de maestros que orienten rumbos a seguir para minimizar su acción cuanto sea
posible.
Admito que hay
maestros en variados saberes pues, los que, sin ser trabajadores de escuelas
formales, enseñan las artes de la construcción de viviendas, las culinarias, las
del vestir, las agrícolas, las del sanar los diversos ganados, las de la
programación que vincula redes de rápidas decisiones, entre otros; son maestros, por cuanto son los
que tejen con hilos densos y dúctiles e.
entramado del saber necesario y, me atrevo a señalar, el saber suficiente.
Felicitación para
aquellos que han decidido ser maestros.
Dr. Edgar B.
Sánchez B.