miércoles, 29 de abril de 2026

COMUNIÓN

 COMUNIÓN

Las relaciones: Estudiante-profesor; facilitador- discente; maestro-discípulo, abuelos-padres-hijos-nietos; no son, en ningún caso, tareas sencillas. Son las bases que sostienen los cambios permanentes en nuestra sociedad viva, no para cambiarla, si para mejorar en lo posible el futuro desde la visión del presente y con bases argumentativas conociendo el pasado.  

Creo que maestro-discípulo es más comprometida pues siempre es ilativa de la experiencia, es inductiva; sin dejar de ser deductiva, tiene al ejemplo del maestro como motor guía, como herramienta. Quien quiere ser maestro se impone así mismo y a sus discípulos ser observador de principios morales y éticos. Entiendo moral, para el presente ensayo, lo enseñado y exigido por los patrones sociales, en cambio ético como lo asumido para consumo individual.

Ser profesional de la educación no incluye, intrínsecamente, el derecho de ser llamado maestro. Este  adjetivo se gana con el diario ejercer, con el continuo convivir, en asumir, si es necesario, patrones que su entorno no usa ni entiende.

Las sociedades como la nuestra, en las que se admira a los profesionales que usan la fuerza para someter, el engaño  y la superstición para controlar e ideologizar y las que negocian  el dolor o la emergencia, son las que requieren de maestros que orienten rumbos a seguir para minimizar su acción cuanto sea posible.

Admito que hay maestros en variados saberes pues, los que, sin ser trabajadores de escuelas formales, enseñan las artes de la construcción de viviendas, las culinarias, las del vestir, las agrícolas, las del sanar los diversos ganados, las de la programación que vincula redes de rápidas decisiones,  entre otros; son maestros, por cuanto son los que tejen con hilos densos y dúctiles  e. entramado del saber necesario y, me atrevo a señalar, el saber suficiente.

Felicitación para aquellos que han decidido ser maestros.

Dr. Edgar B. Sánchez B.

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