CONFESIONES
Los setenta, cumplidos y, el feliz
comienzo de los 71, han permitido, aunque no con madurez suficiente, viajar a mi
mundo interior: visitarme.
No les extrañe, todos los hacen, aunque se
requiere planificación y voluntad; ahora sé cuán difícil es mirarse a sí mismo,
para conocerse, tocar la puerta, la propia; Permitirse entrar, conlleva
retrocesos y reinicios para lograr preparación suficiente: no tanto para asirse
a la puerta, si para abrirla, la cerradura es casi hermética. Me enteré sin proponérmelo
que no soy tan osado y vivo el encierro.
CÍRCULO DE ENTRADA
Abrí la puerta al anfiteatro, al tálamo de
mi mundo interior. Al inicio la cerradura se resistía, el pánico me invadió, en
la obscuridad de mi subconsciente, así lo llamó Sigmund Freud, luego el
inconsciente, me vi cual noche
profunda, ninguna estrella, el no hágase la luz reina inexpugnablemente.
Encontré personajes que a todos negaré, aún
a mis cercanos, no son actores, son mis variadas facetas, mis representaciones,
mis manifestaciones, mi ser, al que es, según he ido descubriendo, conveniente
conocer a fin de evitar ser convertido en el no ser de ellas, mi ser de este
momento con el que me conocen los contiene.
Para evitar ser repetitivo, al ser que
observo, el de mis variadas facetas, lo llamaré mi otro ser.
Sólo mi otro consciente, aunque delirante:
el Onírico, se ha atrevido compartirme recodos en el que: la mustia, el llanto, la desilusión, la nostalgia, conviven junto
al crujir de dientes.
Descubrí llagas pululadas de extraños
insectos y sabandijas que hacen vida en mi otro ser, en mis otros, paulatinamente
voy conociendo al adentrarme: Sueños de traumas se destrozan unos a otros, me
niego reconocerme en ellos, son atroces.
La voluntad acérrima que me sorprende, logra
desvelar, en este círculo de entrada, abismos cuyas simas circulares se
subdividen en aposentos, hábitats de retorcidos personajes creados por mí y partes
de mí, cuyos rostros y acción me son conocidos. Quise visitar diversos yo sombras,
hablar con ellos, saber cómo fueron creados, cómo ayudarlos, como ayudarme, estar
allí en vigilia y compartir conmigo, con mis otros, esa realidad que tanto me atemoriza y oculto.
Sabemos que lo imperfecto y lo perfecto no
se conjugan, de haber conjunción, lo imperfecto cohabitaría lo perfecto, por
tanto lo perfecto no es perfecto ya que contiene lo imperfecto, esto es una
contradicción. Recíprocamente, Lo
perfecto no puede habitar lo imperfecto pues, eso haría que lo imperfecto no
fuese por cuanto contiene a la perfección, esto también es contradicción.
Aunque sé que imposible limpiar la
imperfección para lograr perfección y que cada una es necesaria para la otra. Sin
embargo, en mi viaje sólo deseo conocer mis imperfecciones, ¿acaso esto es
perfección?, quiero que grabes el motivo esencial del viaje, lo que deseo con
mi viaje.
Según Tito Lucrecio Caro, en su poema “La
naturaleza de las Cosas” cito: “no hay un solo cuerpo conocido/ en su propia
interior naturaleza/ que de una especie sola de principios se formé;/ ninguno
que no conste de mezcla de principios;/ cuando un cuerpo tiene más
propiedades,/ más difieren en número y figura sus principios.
Es un principio promulgado por el
empirismo avanzado indica que es mejor ser infeliz racionalmente que ser feliz en
la irracionalidad.
El impulso a la autovisita interior puede
ser resumida, aunque no en el mismo contexto, en la frase de Ludwig
Wittgenstein: “he cometido errores fundamentales” pido disculpas. Tractatus
logico-philosophicus.
PRIMER CÍRCULO
En la lóbrega morada, mi primer círculo
interior, descubrí abismos, otras profundidades cuyas simas en círculos
dantescos es imposible serpentear, no hay cascadas de ascenso; En saltos de fe,
mi cuerpo, consciencia y subconsciencia, impulsados por mis diversas
personalidades, tomaron lucidez de lo que allí habita; sentí vergüenza, no
regresaré, no me mostraré, ahora que sé lo que soy. Decidí quedarme en la obscuridad,
descubrir de mí en mis proyecciones todo cuanto fuese posible.
Desde el círculo al que he llegado puedo caer
en otros tantos abismos conformados por variados aposentos que visitaré, en eso
soy de decisión firme en la medida que el pánico lo permita. Les contaré los
pormenores de las visitas si tienen a bien de seguir acá. Entrar a esas múltiples habitaciones internas
no fue para nada sencillo. Recibos personalizados, con muebles de deshechos marcados por agresivas aspiraciones no
logradas, han dejado huellas que conozco como mías, cargadas de olor
insoportable a pesadumbre. Me impuse la tarea de resiliencia compleja; para
nadie es de otro modo. Sin embargo, ya lo hice, me atreví, me visité, deseo
saber de mí, entender y superar.
APOSENTO DE LAS ASPIRACIONES,
El primer aposento del primer círculo, es el aposento
de las aspiraciones, una
estancia, cual espejo, en el cual, un personaje conocido, mi otro ser, tejía desde
su interior, una red asimétrica de complejidades vividas; las desataba y
reconstruía, incapaz de desechar nodos.
Entendí que el deshacer simboliza un recuerdo, una acción no comprendida, no resuelta,
hay que estudiarla para entenderla. Todo pasado no resuelto pulula como llaga
infectada e impide el crecimiento.
Las civilizaciones, lo sabemos por empirismo histórico, por hermenéutica, que
han colapsado por no identificar los submundos internos, igual me pasará.
Quise ayudarme, sin embargo mi reflejo, mi
verdadero yo en esta faceta, continuó sin enterarse de mi presencia racional y
construyó un nodo con traumas desveladores: Anhelos de jugadas de billar,
prácticas de canto, búsqueda de intelectualidad, conversaciones amenas, grados
académicos, calor de familia, manejo kinésico del cuerpo, aceptación femenina,
elocuencia, escritura artística debeladora, desmemoria, idiomas, integración
familiar, motricidad fina para el arte de la música y otros tantos que quiero
dejar ocultos, aunque no debería. Elementos con sus infinitas ramificaciones.
Al segundo
aposento del primer círculo fui conducido, no sé por quién ni cómo;
encontré a mi yo aspirante a intelectual; personajes de mi fantasía cohabitaban
el obscuro recinto: “El rey libro, la reina escritura, la princesa lectura y el
ogro come letras” relataban sus aventuras con los párvulos, cuál dibujos
animados, mi aureola de divina envidia se fortalecía inconmensurablemente,
desee ser el escritor de esa maravillosa fábula; Dorian Grey protegía su
retrato cubierto de lienzos negros y cintas adhesivas; Un poliglota, más allá,
aderezaba relatos con su interlocutores.
En mi enredado y compulso interior
identifiqué, desde Los Miserables de Víctor Hugo, varios de mis conflictos:
Fantine que vendió su cabello y se prostituyo para obtener sustento para su
hija cossete, los Thenardier, al Abad, el encarcelamiento de Jean Valjean por
una lonja de pan, incluso a Javert, que prefirió el suicidio por ahogamiento a
continuar la farsa que siempre creyó correcta. Por momentos no logré visualizar
porqué el Principito estaba allí con su
rosa vanidosa, su elefante y sus ovejas en la caja de huecos laterales.
A fuerza de tropezones vislumbré que
estaba en el laberinto de mis sueños frustrados. De Rerum Natura de Lucrecio
despertó en mi interior la sublime la chispa de mejorar la escritura y relatar
la belleza presente en cada momento humano o inhumano. Desespiritualizado.
En otra de las estancias del tercer aposento del primer círculo, me encontré
rodeado de damiselas, escuché frases que no, por lo soeces, debo pronunciar y
aún las digo en momentos de libación incontrolada. Una dama, la más agresiva, en
un discurso planificado, enumeró todos los males con los cuales yo moriría.
Aunque lo dice por enésima vez, surte el mismo efecto que la
primera. Sabe hacerlo, escoge el momento adecuado, después de proferir sus
palabras de desaliento, se muda a otro aposento, uno vecino, al cual no me es
permitido entrar, No deseo hacerlo. Oh malvado proceder que olvidas nuestro
himeneo consumida en pasión desbordada para proferir daño y lo logra.
Otra damisela, tal vez la misma anterior me reconoció; no
logro diferenciarla, vino a mí, trae una herramienta para golpear, un medero de
formidable grosor en forma de cruz, lo usa, no logra su objetivo, se
impacienta, destruye todo lo que encuentra, se hace daño al destrozar el
recipiente de los desayunos en la cama, sangra su ropa.
Pidió apoyo, mintió, fui
encarcelado en un aposento en cuyo interior había un abismo al que me obligaron
saltar. Luego les contaré. En este
aposento, de dieciséis metros cuadrados, cohabitamos por ocho días: un médico
acusado de violador, un vigilante denunciado de robo de aceite a granel, un
asaltante de carretera por muerte de su víctima, el secuaz de un extorsionador,
un ingeniero detenido por su filiación política, un agricultor que golpeo al capataz por atropello,
dos cuñados que practicaron boxeo, entre sí, luego de libar licor, marcando profusamente sus
rostros.
En el aposento continuo, dos reos
atropellaban a sus compañeros de celda obligándoles a autoherirse para obligar
a las autoridades judiciales la transferencia a la cárcel mayor. El olor a sangre derramada
sobre otra vertida con anterioridad, invadía todo el recinto. Luego del
traslado de uno de ellos, al otro soporto, la maldad humana, sin ningún tipo de
alimentos, esposado en la espalda y grilletes, por tres días consecutivos; su
voz apagada por la fatiga llenaba de nostalgia los oídos cercanos. Cuanta
demencia son capaces de adquirir los formados para tales fines de represión.
Fui juzgado y castigado con trabajos
forzados por un año, ahora lo denominados trabajos comunitarios. Al salir del recinto de encierro, comenzó la
extorsión.
Ahora estoy en un cuarto
aposento, ahora me identificó como un salvador, la armadura oxidada
muestra la obscuridad de sus cerrojos, una máscara de acero sólido cubre mi
rostro, hay una dama que siempre la veo con mis ojos de hermosura, no deseo
romper el vínculo que nos une, sin embargo escoge con pinzas diminutas los
momentos precisos para profesar sus ofensas, sabe hacerlo, siento su efecto por
días, cuenta sus interpretaciones espurias a los otros miembros de la familia,
no quiero y no puede romper el vínculo. Las sombras que atormentó y definió
Carl Gustav Jung convergen y se unifican cuando escucho sus palabras. Su hogar
es una heliconia en el que las damas buscan embellecerse con el arte de sus sutiles
manos.
En otro aposento, el
quinto de mi recorrido, fui conducido, no sé por quién ni cómo; Encontré
a mi yo aspirante a intelectual; todos los personajes de mi fantasía
cohabitaban el obscuro recinto: “El rey
libro, la reina escritura, la princesa lectura y el ogro come letras” relatan
sus aventuras con los párvulos, cuál dibujos animados, mi aureola de divina
envidia se fortalece inconmensurablemente, desee ser el escritor de esa
maravillosa fábula; Dorian Grey protegía su retrato cubierto de lienzos negros
y cintas adhesivas; Un poliglota, más allá, aderezaba relatos con su
interlocutores.
En mi enredado y compulso interior identifiqué,
desde Víctor Hugo, varios de mis conflictos: Fantine por su entrega a lo que
creyó veneficiaría a su hija Cosette, los Thenardier por desear crecer a
expensas del maltrato, el confiado Abad que regalo lo de valor a fin de
transformar un alma atormentada, el injusto encarcelamiento de Jean Valjean por
una lonja de pan, incluso a Javert, siempre servil al sistema, que prefirió el
suicidio por ahogamiento a continuar la farsa que siempre creyó correcta.
Por momentos no logré visualizar
porqué el Principito estaba allí con su
rosa vanidosa, su elefante y sus ovejas en la caja de huecos laterales pues,
este personaje no encaja en mi mundo de desilusiones. A fuerza de tropezones
vislumbré que estaba en el laberinto de mis sueños frustrados; Uno de mis tantos
personajes leía profusamente el poema “La Naturaleza de las Cosa de Tito
Lucrecio Caro” quise por segundos, tal vez, no volver a leer obras tan excelsas
de eximios autores, me hacen sentir que he pasado por la vida sin dejar nada
que sirva para la trascendencia.
En el sexto aposento, el de los
bromistas, el de los personajes que hacen bullen, esa extraña forma de
compartir de quienes nos creemos cómicos y divertidos: consientes, sin admitir,
el daño que somos capaces de proferir a los
semejantes que enfocamos en las burlescas actuaciones.
De todos
los bufones que pernotan el aposento, uno resalta sobremanera, es posible que
la razón sea por la semejanza en sus facciones conmigo, las miradas lo enfocan,
su aspecto es simiesco y de pequeña estatura, sus manos, por lo diminuto, tocan
con facilidad el piso cuando lo cree conveniente para su actuación; todos ríen
a carcajadas sonoras cuando la maldad de la burla está centrada en la otredad, incluso
el actuante, es parte de su mostración, se burla de sí mismo para bajar la
tensión que produce; sus rostros, el de
los oyentes, expresan rabia y vergüenza cuando son centro.
Confieso
que el parecido conmigo del simiesco personaje del bullen es ambiguo, sin
embargo, como es mi viaje a mis círculos inferiores, a mi averno, es mi deber aceptar que es uno de mis
paralelos, en los diversos universos en el que estoy sin estar, de lo contrario
no lograré, en caso de que sea posible, limpiar mi aureola.
Está
presencia de mí, casi logra que desista de la intensión de autoreconocimiento.
Me siento mal al conocerme, sin embargo, superarse es la misión sublime que
todos deben asumir, de lo contrario, serán conducidos por abismos de mayor
obscuridad y la idea del viaje es encontrar momentos de cima. Sólo encuentro
simas.
De tanto recorrer aposentos y caer en
abismos que los conectan, desee, lo creo justo, visitar algún ambiente en el
que mis fortalezas se mostre, sin embargo caí, no sé cómo, el subconsciente es
así, en un alejoroso ambiente de tertulia. Todos cantan y se escuchan, todos
bailan y se apoyan, todos están felices. Algo positivo en mí fue notado, con
esfuerzo, a cuenta gotas, mi presencia se hizo notable, las damas y un
caballero de agradable canto bailable, asumieron el reto de enseñarme: bailar y cantar. El empirismo,
cual taller, se hizo presente. Soy discente, tengo facilitadores.
En este séptimo
recinto al que creo mitigador, todos los cohabitantes son músicos. Estoy
cantando, ¡si soy yo!, dije a mis adentros, lo reconocí pues canta con ritmo
alterado, lo orquestal no coincide con el canto de “Linda Barinas de Eladio Tarife y Aquel de
Simón Díaz” entendí porque los administradores de eventos regulan mi
participación y también porqué soy, casi siempre, de los últimos en cantar, una
dama me acompaña de penúltima.
Repudié al cantante que imitaba mi voz y mis
movimientos. Él, mi manifestación, al pasar el tiempo, ganó mi admiración, no
se dejaba apagar y continuaba intentándolo. La tenacidad y constancia son
actitudes que admiro.
Uno de los concurrentes, de los grandes
músicos, me llamó para decirme, cito: “ya has cantado bastante para tu
disfrutar, para autoescucharte, ahora deberías hacerlo para que todos
disfrutemos” las tomé como sabias palabras. Por dentro sentí la necesidad de un
nosocomio.
A este recinto, el séptimo, ya lo saben, al que me llevó mi maestro interno,
así lo entiendo, tuvo como finalidad mostrar que hay cantantes de todos los
niveles y los que deseen ser escuchados deben, a motu proprio, construir su
público.
Fui llevado, a otro predio, in simultáneo,
al lado del séptimo aposento, el
de los músicos: otro hábitat del mismo, diferenciado por una puerta amarilla
que conduce, también, a la sala del depósito de licor. No pernotan ningún
enemigo político como lo relata en la espiral invertida el Dante Alighiere.
Etenos retornos, por la puerta de
conexión, para ascender en conocimiento
del canto, filtrando en cada visita las impurezas señaladas por Polimnia: musa
del canto y poesía. En esta sala, la del lado a través de la puerta, lo
importante no es la impostación, ni falsete, ni lo melódico o lo armónico, si es
lo kinésico, lo rítmico al danzar. Quien me representa, en verdad es mi yo
negado, suele invitar a bailar alguna de las damas: una acepta; sin embargo,
con elegancia, no lo acompaña a la segunda verónica; compungido se sienta solitario en el rincón
más oculto de la sala: espera segunda oportunidad, lo observo.
Como muestro deseo de progresar en el arte
de Terpsícore, los que mejor lo hacen me indican que hay que eliminar los
saltos que doy, trato de no hacerlo, es difícil, setenta años haciendo lo mismo
no se quita de la noche a la mañana. Seguiré intentando.
Una dama, hermosa como lo es ella solas,
asume el reto de conducirme en la pista, otra, mi nuera sentimental, la acompaña
en el esfuerzo. Les adelanto, de tantas farras y tertulias, mi danzar ha
mejorado, sin embargo, cuando veo las grabaciones videográficas me desanimo,
deberían prohibir esos instrumentos del recuerdo. Al otro fin de semana olvido
lo anterior y recomienzo a retozar, incluyendo la motivación.
La emulación kinésica de un cantante que
se ejercita para profesionalizarse me ha dado resultados, desde su tribuna usa
mi nombre en gritos de alegría, me concentra y logro varios momentos rítmicos
que pierdo a los pocos trances. Para mi fortuna, una chica de sonrisa y cuerpo
espectacular, de esas que hierve la sangre, permite que la invite a dar junto a
ella, lentos y desarmoniosos pasos; Que bueno, al oído, imperceptible a los
demás, me indica: no muevas el torso, un, dos, un dos, mueva la cintura. Creo que mi rostro enrojece al igual que el
de mi yo actuante que observo con atención. Hiervo. Una dama reciente llegó a
mi mundo emocional, me mueve el piso.
Una dama, que resalta por su belleza y
alegría me aplaude con entusiasmo y profesa “te amo, te amo” es una amiga
fenomenal. Todo en ella es incentivación.
Favorecido por sutil favonio soy conducido
al noveno aposento, allí me veo feliz
transitando cangilones de límpidas corrientes de lluvia reciente que verdece
los caminos de mi infancia. En la primera escuela, la nacional graduada número
5, está la maestra que placentera habita mis memorias, veo a mi hermana menor
que yo, de nueve años, llorando porque mi otro yo, corre retozándose en
agrestes senderos para llegar a casa y ser el primero en contar las aventuras
vividas con el crisol de niños que comparten el centro de aprendizaje.
Luego, después de varios años de
escolaridad interrumpida, ya cumplidos los catorce, observo en mi yo del noveno
círculo, caminado ocho kilómetros, acompañado de tres hermanos y una vecina,
para llegar a la escuela que nos formará en los tres últimos grados de
primaria. La vía vehicular está en plena construcción.
No entiendo porque mi consciente
confabulado con mi inconsciente, incluyó esta escena como si hubiese, sin
intención, sido guardada en mi zona obscura, sin embargo, dada las imágenes
mostradas concluí que pudo ser por mi acción altanera con las maestras; veo que
mi yo actuante se burla de las formas en
que las educadoras intentan transmitir, sin comprensión alguna, las divisiones por
una o varios dígitos, sobre todo, un caos total, cuando dividendo y divisor tienen
decimales.
Estoy en el bélico tumulto de mis fatigas,
debo trascender y superar si es que quiero, librado en gran parte del mal,
salir airoso de este viaje interno que me he propuesto.
Puede ser también, un llamado a
reflexionar, por incentivar el riesgo de muerte que sufrió uno de mis hermanos
al caer en un depósito de aguas del manantial prístino que solíamos llamar Pozo
Azul.
Desde el noveno, sin salto abismal, más
bien por benignos senderos fui conducido al décimo
aposento, allí sólo hay remembranzas y apoyo de familia, cerca de
doscientas personas formó parte del linaje de mi mamá antes de su viaje a otros
mundos paralelos a los cuales he enviado cartas sin destino y del cual no tengo
referencia. El encuentro de familia se planifica con anticipación para que se
dé al segundo año de la presente fecha. Algunos caen en el trayecto del tiempo,
es normal, somos abundantes y prolijos. Las condiciones de país cambiaron,
ahora reunirse es costoso.
Aunque hoy parece trivialidad pues, he
superado gran parte de mi miedo escénico, fui trasladado al aposento once de mi periplo sin bitácora, en el que todos
los asistentes deseaban trascender en aprendizajes en ambiente académico. Mi yo oculto tiembla, él
sabe que los momentos de estrés le hacen olvidar. Tres jurados están al centro,
en el cuarto piso de la sede Carmona, para revisar mi nivel de estudios
matemáticos y otras treinta personas concentran su atención para escuchar mis
respuestas. Ocho más aspiran ocupar la catedra de profesor. Tiemblo, estoy a
punto de infarto.
En este momento totalmente obnubilado
sentí que fui llevado, no sé por cual hado malvado, a un aposento que, en mi
cuenta es el número trece. Los que frecuentan
este antro sentimental sufren depresiones creadas por su incapacidad de ser
parte actuante de la moral colectiva, que en tantos convencionalismos impuestos
no se sienten identificados o,
simplemente, su educación, ingresos y formación no son suficientes para encajar
en algún compartir. Me busqué por todas partes, no estaba allí, o al menos mi
presencia no es traslucida a todos. Los allí presentes, no desean ser
identificados, tratan de ser desapercibidos. Sus rostros reflejan la timidez del
mórbido miedo escénico.
Entre ellos no hay saludos, ni expresiones
de afecto, ni comentarios de acercamiento; están invadidos del temor a no ser
aceptados; todos muestran tendencias emocionales al rechazo, ellos no se dan
cuenta que aíslan a la otredad, no se comunican para evitar sentirse mal. Son parte del del uróboro, Nadie da el primer
paso para establecer alguna conexión afectiva, han sido profusamente dotados de
vulnerabilidad, exacerbadas por intentos previos frustrados de comunicación. El
ambiente está invadido por un extraño olor a: adrenalina o cortisol, todos
tienen las amígdalas inflamadas; El miedo al rechazo es paralizante.
Algunos muestran signos de violencia o de
risas sin motivo alguno, otros consumen
licor para inhibir sus temores, por allá, en un rincón lejano del aposento, un
tímido usa la mesa como tambor para producir estresantes y arrítmicos sonidos.
Acostumbrados mis ojos a la obscuridad
logré verme en el tumulto. Al instante, fracciones de segundos después, caí, es
decir siempre debo decirlo, mi yo paralelo, al que debo seguir para conocerme, cayó
por un abismo hacia un aposento del segundo círculo de mi mundo de sombras.
Regresar será una proeza del ingenio.
Este aposento del
segundo círculo, es similar al anterior, mi yo paralelo observa, en
profundidad buscando entendimiento a dos hombres de miradas tristes, vacías de
sociedad que parecen ser hermanos. De
estos dos hombres unos asume el liderazgo, el otro lo sigue fiel, llevan dos
carruajes hechos de madera sin labrado, con ruedas sin balance de bicicleta
decoradas con retazos de lo que fue máquinas reproductoras de películas;
recogidas en el improvisado basurero que la inconciencia de los pobladores
civilizados construyeron: Así se hacen llamar.
Los presentes en el aposento del que bajé
a este de otro círculo, debieran, si es que están buscando algún tiempo de
autorrealización, visitar este para que vivan la mutilación de las sociedades
discriminatorias a aquellos que innatamente vienen desprovistos de algunas
capacidades cognitivas.
Los caballeros, a los que estamos
observando, trasportan en sus carruajes alimentos que ellos producen y colocan en el
mercado. Realizada la venta, por algún injusto intercambio monetario, se
sientan impávidos, por horas, esperando que una bondad les ofrezca algo de
alimento. Impertérritos reciben, comen, se levantan callados y se van. No
muestran ningún tipo de señal indicadora
que entendieron la procedencia alimentaria.
Estando allí, en este aposento de mi submundo, en metamorfosis Cafkiana logré
entender que deprimirme no es la solución. Espero, resulte. Me hice acompañar,
para conservar mi menguada lucidez, por uno
de los poemas del poeta Gregorio Riveros
“Vacío cascarón lleno de abismos. No era yo, era otro que abandonaba mi otro
yo. Sin canto. Sin ojos. Sin miradas” Entendí que cuando las personas desean
entenderse encuentran la forma de hacerlo.
Por instantes fugaces, en un aposento
lateral al anterior, vi a mi madre en vómito incontrolable, por el intenso olor
a desechos humanos dentro de una casa de bahareque de poca ventilación. Le tocó
atender a una vecina en su lecho de muerte, única mujer en una pequeña parcela
aledaña a la finca del Cedro y madre de un adolescente cognitivamente
comprometido, con signos de no limpiar su cuerpo por varios días.
Abandoné la primera estancia a través de
una caída abismal del mismo segundo círculo,
cada vez más obscuro, asirme fue imposible, la drástica caída me despertó y
sucumbí al instante en otro sueño de mayor profundidad. El temor adquirió
poder, ¿Cómo regresar a la vigilia, cuál ruta?, sentí a Dostoyevski diciendo
“mientras más te aíslas más te endureces”
En este aposento fui aculeado, cual
tarántula, por una avispa desesperada por anidar, ahora soy matriz, horno vivo para
crías que al nacer seré su alimento. Aprendizajes no resueltos, intentos
fallidos, vanidades simuladas en deseos de crecimiento, egolatría, nobleza
disfrazada, competición negada, son unas de las tantas crías insertadas por el
artrópodo y, otras de mi propia creación. Cuántos anhelos reprimidos habitan el
cuerpo adormecido de muerte para alimentar sin cesar su perdición, su red. Por
allá vi la sombra de otro ególatra, no sabe que lo es.
Alimenté las crías con lo que quedó de mí,
asumí el rol de aventajado cantante y otros conferencistas. En el estrado, olvidé
a los otros, otros participantes que mendigaban una oportunidad, el verdadero
yo tenía el poder, aunque no era tan bueno lo que ofrecía sirvió para
comprender aquellos que, al tener el control, no permiten que otros luzcan sus
esfuerzos de canto y elocuencia.
Accedí a otro de mis aposentos, no sé por
cuantos precipicios he caído y cuantos recintos he visitado, sin embargo, en
este, por lo concurrido, tuve la impresión de no pertenencia; lo que allí se
realizaba no ha sido nunca parte de mi agenda. Personas, con una marca en sus brazos, hacían largas
filas: uno detrás de otros, para hacer la compra de un producto en caso de
salir ganador de la rifa: Mecanismo de control inventado por seres del
inframundo. Lo extraño es que paralelamente en otras filas, esta vez para votar
por algún líder político; los adormecidos, cual síndrome de Estocolmo, como
autómatas elegían precisamente a Balbino Paiba, el ladrón quien los condujo a
esta barbarie social. Cuanta falta hace Mr. Danger, Doña Bárbara, León
Mondragón o al menos el Sapo, de Rómulo Gallegos, para que den cuenta que están
adormecidos, obnubilados.
Cuando hube salir, al verme verter
lágrimas de desesperación, el Virgilio de Dante me explicó la razón de mi
visita. Sólo como proyecto social mi desorganizado interior quiso enterarme que, el inframundo del
subconsciente está presente en variados eventos de la personalidad. Entendí que
soy parte actuante, quiera o no, de una compleja red de consciencias
entrelazadas, un mundo de sombras para mí, la cual está vetada para mi sombra
mayor. Mi consciente.
Sumido ahora, en azarosos círculos, perdí
la cuenta, llegué a uno fue pudiéramos darle el nombre de círculo de las
imparejas, Aposento de los matrimonios: mujeres y hombres con actitudes
contemplativas, danzaban en trances lentos alrededor de una fogata
incandescente observando a una gran sala en la que sus infieles intercambian
fluidos de vida, almas adormecidas por las circunstancias de las que no pueden
salir, salvo acurra algún evento catastrófico. Saben que están en este círculo
catastrófico porque aún no han tomado la decisión que les corresponde: Asumir
las riendas de la libertad emocional. Sus
rostros plagados de sentimientos lacrimosos lamentan la estadía y se fortalecen
para un despertar responsable.
A mi sombra, que miro desde un túnel de
tormentos, también está allí en el ritual del círculo, consumiéndose en
elucubraciones, enredos sinápticos incapaces para reclamar con firmeza a su
infiel que danza durmiente en la gran sala de los festejos.
Por decisión del algún hado que direcciona
mi bitácora, sucumbí a lo que, a escasa lumbre pudiera llamar el tercer círculo. Me enteré, por cuando la obscuridad
de luz y de entendimiento profuso y tenue, prodigado superfluamente es evidente.
Ya habitaban allí personajes a los que el adjetivo “tóxicos” no es suficiente.
Hay que crearlo.
Aunque no quiero admitirlo, está allí el
personaje que representa mi interioridad, asumiendo y construyendo, como todos
los demás, un halo de sinceridad que lejos está de sentirlo. Sus declaraciones
siempre inician: “Bueno tú no eres”, aprovechan la oportunidad para describir,
con lujo de detalles, son especialistas en el estilo, todo lo negativo que
consideran valido y, luego de un descanso, con perfecta hipocricidad, como para
ocultar lo ya expresado, enumeran mecánicamente, algunas dadivas que creen que
el otro desea escuchar.
No sé si he logrado dar a entender por qué
el término tóxico no es una categoría válida para los asistentes de este
aposento lóbrego y siniestro. El aposento de las arcinas para proponer un
adjetivo. Si la reflexividad es importante,
los personajes que cohabitan este aposento, incluyendo mi representante,
deberían permanecer allí, en ese mar profundo de la no verdad, sin embargo por
la premisa de que el mundo, es mundo, por la multiplicidad; pido a todos
soportarlos cual caricaturas aunque sepan quiénes poseen la actitud.
León Tolstoi, aunque no lo vi, estuvo en
aposentos similares por lo que relata en Confesiones, debió sentir
Aposento de las personas que dicen si a
todo
En las noches sueño con fantasmas
Ínclito, Retozar, Ifigenia sacrificada a
los dioses Clitemnestra vengó su muerte,
himeneo composición poética para celebrar el casamiento, el tálamo.
CONTINUARÁ