LA FLAUTA DE PAN
Dice el relato mitológico, que el dios Pan, era un músico
extraordinario; en todas las fiestas, las ninfas se acercaban a él para
solicitar atención especial y que el dios cantara algunas canciones a su
nombre. Sin embargo, el disfrute de su feminidad la degustaba quien las
bailara. Pan al final de las fiestas quedaba solo. Las ninfas salían, después
de la jornada, con aquellos que las bailaron.
Una noche dedicó todas las melodías a Siringa, hija del dios
Aqueloo, dios río, el que ahuyenta el pesar. El dios Pan tiene un aspecto que lo
hace ver feo, desde la visión de los humanos, no desde la de los sátiros; su
forma no es humana, pues posee cachos y patas de carnero, por ser un fauno. Sus
pies, más bien patas, le permite rápido desplazamiento.
Enamorado, de Siringa, la hermosa ninfa, la veía bailar
desde se escaño de músico con algún pretendiente de delicados pasos de baile
intencionados para capturar su atención, al terminar las fiestas ella,
aumentando se grácil feminidad, siempre se escabullía con el que había danzado,
con el que la había bailado, precisamente escuchando su música, se lamentaba
Pan.
La última noche, acabada la fiesta, él la siguió para
pedirle permiso para enamorarla, así era él, de modales ancestrales de la
elegancia; la ninfa se sintió acosada o tal vez, repudiaba el acercamiento, y
pidió a su padre, Aquelao, dios río, que la ayudara. El padre, de estruendoso e
impulsivo carácter, no pregunto la razón de la urgencia de una de sus tres mil
hijas, Siringa a la que algunos la llamaban Sampoña, como nombre social. Acto seguido, Aquelao, pidió a gea,
precipicios inexpugnables y fue escuchado, gea le ofrendó varios tepuyes, uno
tras otro; acto seguido se transformó en cristalina cascada e inició la caída
de agua más formidable que ojo humano jamás hubiese soñado ver o verá. La bella
ninfa se lanzó con osadía y desesperación, no se dio cuenta, por el apremio
psicológico que ella se formó, que la caída, cual Churumerú, aún no había
terminado de formarse.
Sus hermanas, náyades, desesperadas, se transformaron en
cañaverales, ella también se transformó antes al tocar el fondo y así minimizar
los efectos de su apasionada y poco madura, decisión de lanzarse al vació. En
su vuelo húmedo escuchaba, como un eco, que su padre Aquelao le decía, aún no. Cuando llegó a la sima (sima: lo más bajo de
un lugar) Siringa, agradeció metamorfosis.
Bastante rato después, Pan, enamorado como estaba, sin
reparar riesgos, de precipicio en precipicio, de vuelco en vuelco, de
deslizamientos incontrolados, logró llegar donde estaba el cañaveral. Sin
dudarlo, por la hermosura que resaltaba sobre las demás, distinguió a Siringa,
su amada, transformada en bambú. Al escuchar el hermoso zumbido que producía,
motivado por el suave viento, tocó respetuosamente su cuerpo desnudo, de
torneadas formas, con tal sutileza de caballero de la música y amor que Siringa,
en su estado irretornable, lamentó su desesperada decisión y quiso de nuevo
tener manos y cuerpo para manifestarle lo encantada que estaba de sentir la
sutiliza de esas caricias, nunca antes recibida.
Pan, por algunos momentos no supo que hacer, de lo que, si
estaba seguro, que no la abandonaría en esas profundidades en la que la visual
sobre el mundo es casi nula. Siringa,
era el encanto de las fiestas, su voz y danza encantaba a todos. Finalmente,
luego de varios días, con sus cascos y cuernos de fauno, oradó el suelo y arrancó
de raíz a la Rhapis excelsa con abundante tierra en su entorno que envolvió en
hojas que encontró.
Pan sabía que el retorno a la cima sería difícil, la sabía Gea
y el desesperado rio sabían que hacer para alegar al fauno de su amada. No lo
lograron. El amor trasciende toda dificultad. Siringa, desde su nueva forma,
aprovechaba al viento para producir música celestial pues sabía que su
enamorado la sentía cual magia.
Por semanas, Pan, con Siringa a cuestas, superó todas las
dificultades y llevó a la ninfa a las frías montañas donde vivía. Allí, sin salir, estuvo cerca de su amada con desolación
creciente, Siringa, inevitablemente se secaba al transcurrir el tiempo. Entre
ellos la conversación era fecunda, ella le manifestaba agradecimiento por los
cuidados que recibía y por haberla sacado de las profundidades, toda
comunicación se hacía a través de la música, ambos eran fuertes en ello.
Aunque la atención era fecunda y las caricias que a diario
se profesaban eran cada vez más sutiles y sinceras, al fauno le preocupaba el síndrome
de Estocolmo. Las hojas cada vez más secas, la muerte era eminente y Siringa no
deseaba retornar a lugar fondo de la cascada.
Lamento no escuchar tu amor, cuando tenía forma humana,
ahora que lo escucho y te expreso el mío con mis improvisaciones musicales te
pido, desde mi aliento agotado, que me transforme de nuevo, esta vez, desde lo
que tu ama, quiero estar contigo por siempre. Pan, totalmente obnubilado,
bañado en lágrimas de creación fecunda, cortó el tallo ya moribundo de Siringa,
perforó su cuerpo con sumo cuidado y medida, e hizo una hermosa flauta. La
flauta de Pan.
Siringa y Pan se unieron en abrazo eterno. Ella revivio,
desde la nueva metamorfosis, y lo amó por siempre. El como regalo por el amor
que recibía, la llevaba a todas las fiestas y escuchaba, en música cuanto era
amando.
Se juraron amor eterno.
Dr. Edgar B. Sánchez B.
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