CARTA A MI HIJA
Hola hija, es extraño, con
la tecnología comunicacional síncrona que se posee en la era de la
postmodernidad que vivimos, recurra a esta asincronidad para poder establecer
la comunicación necesaria contigo.
Antes que mis palabras fluyan con libertad y pudiera decir cacofonías que
produzcan molestias; expreso que el amor que siento por ti es tan profundo,
siempre será así, que no requiere tu presencia, ni tus palabras de apoyo en mi
oído. Sin embargo hija, me acuesto siempre soñando la calidez de tus brazos, la
armonía de la música que te gusta, el inaudible ruido de la aguja con la que
coses o tejes y el suave arrulló que produces cuando estás dormida. Sabes amor
bello, cuando eras niña me sentaba al lado de tu cuna, sólo para escuchar la
suavidad de tu cantar, cual trinos, como si estuvieras hablando con las hadas
protectoras; ¿o acaso no crees en las hadas?
Si me visitaras de vez en cuando, si tuvieras tiempo para mí, escucharías el
trinar de los pájaros que vuelan y se alimentan en mi jardín con libertad
absoluta, además leería para ti la divina comedia de Dante.
No sé si es importante lo que siempre te ofrezco, lo que sí es, lo siento así, que
pierdo lo más hermoso del ser padre, como es el disfrutar con frecuencia de los
abrazos de las hijas, los noviazgos, los nietos, de las madrugadas sin dormir
que traen los hijos a casa.
Hija, muchas veces en la soledad de la cocina preparo manjares para tantas
personas como hijas tengo, pues sufro, por instantes, de inlucidez y escucho a
mi lado la dulce sonrisa que emites cuando hablas por teléfono con aquellas
personas que tanto te importan. Que ruido extraño y desagradable produce los
mensajes que te llegan y más aún el silencio de ausencia que nace en ti cuando
los responde.
Sin estuvieras cerca y me visitaras, planearía contigo paseos al rio, a la
piscina, a la montaña, al nacimiento del Castán que tanta agua cristalina
ofrece a la ciudad donde vivo. Me sentaría a verte disfrutar las ensenadas
naturales de agua fría que tanto te gustan, y haríamos paseos a la finca San
Isidro de la que no querías irte la única vez que la visitaste con mi compañía
y mamá se molestó tanto conmigo, rabió con tal fuerza, que aún me duelen las
palabras que me dijo, las escucho todos los días. Sé que yo no tenía derecho a
pedirte que me acompañaras de vuelta a casa. También la tristeza invade lo que
soy, cuando dices que nunca te he aportado nada y, lo que eres, se lo debe a
personas extrañas a mí.
Sabes, lloro cuando te escribo, porque no estás a mi lado y, también, porque no
soy el padre que hubiese sido si empezara ahora. El tiempo no lo permite, ahora
es de tu parte permitir que la deuda que tengo contigo sea subsanada, en parte,
en mis nietos a los que deseo ver correr y saltar en el jardín que rodea mi
casa. No importa que las flores sean tacadas con dureza, ellas brotarán con más
fuerza al ver que hay felicidad, como aquellos los niños que hicieron feliz al
Gigante Egoísta de Oscar Wilde, para tus retoños, todos los días, se lo
prometo, leeré cuentos del gigante irlandés.
Por diciembre dos de mis nietos, de cinco: Jesús Eduardo y Brayan Adonis,
visitaron mi soledad, la casa se lo agradeció y las alondras expresaron con
acordes dodecafónicos las tonadas y periqueras acostumbradas, las melodías
tomaron un encanto especial, hubo ruidos y quinceañeras adornaban las tardes de
plenilunio sentadas al frente de mi casa. Eso sí hubo regaños, paseos, estudios
de música, matemática, y poco de química y, algunas veces, contrapunteos, pues
uno de ellos se negó a comer mis preparativos. Por lo demás, tienen todas las
gracias necesarias para triunfar en lo que emprendan, si para ello se esfuerzan
y son estimulados por mí y por ti.
Hija, si alguna vez me brindaras el placer de acompañarme cinco días seguidos,
tal vez menos, uno es suficiente, seguro estoy que ese recuerdo te perdurará,
cual momento de paz-placer–armonía-paz que te acompañara por siempre. El
sentimiento de irealización que a veces me expresas cuando dices que te sientes
pobre, me ocurre igual, pues yo tampoco compartí con mis padres el tiempo que
ellos se merecieron. Ese es mi desafortunado legado que te dejo.
Sin más que agregar, tu padre que te adora.
Edgar B. Sánchez B.